El mundo de la educación y el aprendizaje escolar no parece haberse transformado en la misma medida en que lo ha hecho una sociedad que hoy se explica, en gran medida, en relación con el alcance de los medios de comunicación y de unas tecnologías que potencian el papel del acceso a la información.
Es inevitable, sin embargo, tener que contar con los cambios que han influido en una nueva forma de percibir la realidad que afecta a los niños y niñas que vienen a la escuela con expectativas sobre el aprendizaje que, posiblemente, no tienen mucho que ver con las que han servido para diseñar los programas educativos o para definir estrategias didácticas.
Una reflexión sobre estas cuestiones puede resultar útil para facilitar la innovación educativa y para dar sentido a las aportaciones de la psicología cognitiva y su visión de los procesos de aprendizaje.
El papel de la escuela, a lo largo de la historia, ha sido legitimar el conocimiento que debía quedar a disposición de los aprendices y eliminar lo que no debían saber, elementos con los que se definía el currículum, y por tanto el quehacer de los educadores.
En el transcurrir del tiempo, la sociedad fue marcando diferentes perfiles de educandos en los que se reflejaba con claridad la valoración social que se hacía de los diversos status atribuidos a grupos económicos, sociales o culturales y, por supuesto, la distinta consideración basada en las diferencias de género.
Ese papel de administradora del conocimiento se mantuvo estrechamente relacionado con una cultura basada en el discurso, primero oral y luego escrito y sirvió de vehículo al saber libresco potenciado por la imprenta, contribuyendo a consolidar formas de pensamiento secuencial, lógico y conceptual, que dejaban a un lado otras capacidades de la mente humana.
Casi todo lo que resultaba difícilmente traducible a esos términos, se consideraba al margen de la educación, al menos de la educación que debían recibir la mayoría de los individuos. El resto eran dominios de artistas, de sabios, de científicos.
Muchos de los principios pedagógicos que siguen sustentando el perfil profesional docente en nuestros días no tienen otra base que esa percepción de escuela: niños y niñas que acuden a recibir conocimiento, como páginas en blanco sobre las que escribir, como recipientes en los que volcar la sabiduría poseída por el enseñante que, gracias a ello, se siente distinto y distante, preparado para establecer una comunicación de emisor a receptores que nada tienen, por sí mismos, que intercambiar.
Pero ¿sigue siendo válida esta visión en una sociedad donde una serie de inventos y el desarrollo de sus aplicaciones han alterado todos los conceptos disponibles sobre la información, su tratamiento y su difusión? ¿Se puede seguir "dosificando" el conocimiento ante la capacidad de almacenar información, de combinarla y transmitirla a gran velocidad que hay actualmente?
Está claro que hablar de información no es lo mismo que hablar de conocimiento, que no hay un traspaso inmediato entre ambas formas de contacto con la realidad y tampoco hay duda sobre la incompatibilidad entre sobreinformación y saber, ni de la utilización de la tecnología no al servicio del conocimiento sino de la propia capacidad de informar.
Pero quizás el aspecto que más pueda determinar la influencia de las tecnologías de la información sobre la educación haya que analizarlo desde el punto de vista del impacto sobre una nueva reestructuración mental de los individuos, pues esta forma actual de acercarse a la realidad tiene que generar distintos hábitos perceptivos, distintas actitudes y expectativas ante la aproximación al conocimiento.
Si a esto se añade que puede suponer la reconciliación entre las capacidades mentales humanas, sometidas al predominio de lo conceptual–racional mientras se impuso el discurso escrito, en perjuicio de la capacidad simbólica, perceptiva e incluso emocional más afín a la imagen, algún efecto habría que esperar en el ámbito educativo, donde no sólo el conocimiento determina finalidades y modelos de actuación.
Nuevas tecnologías y educación
A efectos de análisis con una perspectiva de relación con el aprendizaje, la situación actual se caracterizaría por una influencia predominante de los medios de comunicación de masas, especialmente de la televisión, sin que se pueda hablar aún de un impacto generalizado de los medios informáticos o el multimedia.
Por supuesto si el análisis se hiciera desde una perspectiva diferente, habría que valorar como "pasado" el dominio de esas nuevas tecnologías, de la misma forma que si el análisis educativo se centra en qué nuevos conocimientos hay que introducir en el currículo escolar, habrá de dársele también un cierto relieve.
Pero la referencia al predominio de los medios ya convencionales se puede justificar en el sentido de que por su alcance social y porque forman parte de la vida de los individuos desde el momento en que nacen, se convierten en una variable condicionante de los procesos de aprendizaje.
El niño o la niña que empiezan a ir a la escuela han aprendido previamente muchas cosas. Sobre todo aquellas que tienen que ver con ciertas actitudes y ciertas expectativas hacia el propio aprendizaje, pues tan cierto como que la curiosidad o la capacidad de manipulación son factores que hay que integrar en un buen diseño de situaciones educativas en los primeros años, resulta imprescindible no olvidar que, por lo general, se aprende antes a mirar la televisión que a abrocharse los zapatos o a leer.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
